El negocio floreciente de la ciberdelincuencia

El progreso trae cosas buenas, pero los delincuentes también se aprovechan de ese mismo progreso. Poco a poco, la ciberdelincuencia gana peso en el mundo del crimen, como lo atestigua la expansión constante del mercado negro de números robados de tarjetas de crédito, aplicaciones para hackear ordenadores, y otra mercancía clandestina por el estilo.

Un ejemplo impactante es el de la incursión informática contra Target, un gigante de la venta al por menor, en diciembre de 2013, en plena campaña de navidad. Los ciberdelincuentes se apropiaron de la información de aproximadamente 40 millones de tarjetas de crédito y 70 millones de cuentas de usuario. De haber sido este acto un atraco tradicional de la misma magnitud a un banco, los titulares de prensa lo habrían calificado probablemente de “el robo del siglo”. Pocos días después, estos datos ya estaban a la venta en webs del mercado negro.

Los hackers clásicos no solían actuar movidos por el dinero, y también era habitual que trabajasen en solitario. Sin embargo, en los últimos 15 años el mundo de los hackers se ha llenado de delincuentes puros y duros, organizados en bandas. Por su parte, los crackers que antaño se limitaban a crackear videojuegos para poder jugar con ellos sin tener que introducir las claves de validación de compra, han sido desplazados por crackers que van directos a perpetrar sabotajes de grandes dimensiones haciendo todo el daño que puedan. Ahora existe un cibercrimen organizado y sin ideales, cuyo objetivo es solo económico. En esto coincide Lillian Ablon, analista de sistemas en la corporación RAND en Estados Unidos, y coautora de un estudio sobre el tema. “En ciertos aspectos, el cibercrimen puede ser más lucrativo y más fácil de realizar que el tráfico de drogas”, afirma inquietantemente Ablon.

El crecimiento del cibercrimen se ha servido de mercados sofisticados y especializados que con muchas menos trabas de lo que podría parecer comercian con productos y servicios para perpetrar ciberdelitos. En el mundillo del crimen tradicional, equivaldrían a quienes venden clandestinamente pistolas, o preparan por encargo documentos de identidad falsificados.

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